jueves, 4 de septiembre de 2008

Comentario musical: Hablemos (por fin) de ópera española



Con ocasión de las funciones que el Teatro Real de Madrid brindó entre diciembre de 1999 y enero de 2000 de la recuperada ópera Margarita la tornera, de Ruperto Chapí, el profesor y crítico musical Luis G. Iberni tuvo oportunidad de recordar unas palabras que se le deben a nuestro no menos ilustre Tomás Bretón, en el contexto de un homenaje rendido precisamente al maestro de Villena. "¿Os gusta en verdad la nueva ópera española...?", preguntaba Bretón retóricamente y con cierto sarcasmo, para después continuar de la siguiente forma: "Pues aprovechad los instantes, corred y no perdáis audición, porque se dará seis u ocho veces todo lo más, y sólo Dios sabe cuándo tendréis ocasión de volverla a oír". Pocas veces se habrá expresado de modo más certero el general destino de la creación operística llevada a cabo por los muchos compositores de nuestro país que se acercaron a la expresión artística por antonomasia del teatro lírico universal, la ópera, que en 2007 celebró sus ya cuatro siglos de existencia, pues por convención se asimila la fecha de su nacimiento a la del estreno, en 1607, del Orfeo de Claudio Monteverdi.

Que un país como España, con una tradición de teatro lírico a sus espaldas extraordinariamente rica, no haya conseguido en el decurso de la historia imponer criterios y creaciones de rango universal en lo tocante al género operístico, resulta de todo punto sorprendente. O así nos lo parecería si no estuviésemos tan acostumbrados a despreciar lo que de excelente surgió, ha surgido y sigue surgiendo entre nosotros. Bien se conoce una de las más dañinas derivaciones del sentimiento de inferioridad: la de estrangular lo bueno para enfangarse en lo malo. Y si ello ya es triste en líneas generales, mayor tristeza causa ver metido en tal dislate a España, un país de pujante realidad plurinacional e inmensos artistas, y cuna de músicos tales como De Victoria, Albéniz o Falla -importantes operistas los dos últimos, por cierto-.



Si nuestra historia operística es la que es, a pesar de haber contado con un teatro lírico tan palpitante como para haber creado un género propio, la zarzuela, en ello tiene mucha culpa la propia sociedad española. Y semejante certeza crece a medida que se va recuperando y conociendo el patrimonio operístico español, de una altura y una ambición indudables. Resulta necesario aquí refutar categóricamente las tesis de Benito Pérez Galdós, que, en su labor de crítico musical, y como nos ha recordado José María Martín Triana, llegó a escribir que los españoles éramos incapaces de componer una buena ópera que recorriese en triunfo el mundo civilizado, recomendando, consecuentemente, el cultivo de la zarzuela, subgénero que se nos daba muy bien ya que es "arte modesto; aquí nace, aquí vive y jamás ha pasado los Pirineos". Al respecto es preciso señalar que si ninguna ópera española ha acabado cosechando los laureles universales aludidos por Galdós ello no ha sido por una falta de calidad en los productos artísticos, ni mucho menos por problemas idiomáticos. Digámoslo con claridad: para alcanzar un triunfo así se necesita, antes de nada, el reconocimiento al artista y su labor por parte de la misma sociedad de procedencia. Quien ni cuenta con el aplauso de los suyos, ¿cómo va a persuadir a los otros de sus bondades? La historia operística española no es tanto una pesadilla sobre el fracaso como el relato de una incomprensión, amén de la crónica de cuantos impedimentos socio-políticos y socio-económicos jalonaron tan accidentada andadura. Y, por supuesto, debemos evitar caer en la fácil trampa de considerar a la zarzuela, sin menospreciarla en absoluto, como destino inevitable: tiempo hubo en que fue la ópera, y no la zarzuela, el principal desvelo para el teatro lírico español.

En los últimos años la musicología de este país ha demostrado un interés creciente por nuestro patrimonio operístico; interés que no por tardío resulta menos elogiable. Tal circunstancia ha hecho posible la recuperación de títulos fundamentales de lo que hubiera debido ser el repertorio lírico hispano de mayor ambición, y de este modo los melómanos más inquietos, mediante artículos, ensayos, e incluso representaciones y grabaciones, hemos podido descubrir joyas que van desde el Barroco a las corrientes post-wagnerianas, pasando por el primer Romanticismo o las influencias de un Meyerbeer. Ello ha supuesto, de paso, cierta revitalización de cuanto ya se conocía -bien poco, por otra parte-, lo cual ha generado algo así como una "conciencia operística española" que, sin embargo -no nos engañemos-, amenaza con la no trascendencia, con quedarse en el mundillo estrictamente académico, sin una repercusión real en la sociedad o incluso en ámbitos de audiencia bien formada. Porque si al establecido repertorio de la llamada "música clásica" ya le cuesta muy mucho alcanzar cierto grado de "popularidad", imaginemos por un instante la dificultad que puede entrañar la instalación de estas recobradas partituras en el imaginario colectivo, si no se cuenta con el pertinente apoyo por parte, por ejemplo, de los medios de comunicación.

En su famoso manifiesto titulado Por nuestra música, el gran compositor -operista asimismo- y musicólogo catalán Felip Pedrell puso negro sobre blanco cierto comentario que, si no fuera por su trascendencia trágica y su regusto a derrota ineluctable, resultaría jocoso: "Si hay en el mundo cuestiones que seguirán sin resolver el último día del astro, estas cuestiones son la de Oriente en Europa y la de la ópera española... en España". Amarga reflexión cuyo posible y final cumplimiento debe ser impedido a toda costa en lo que hoy puede afectarnos en mayor medida: una escasa percepción y recepción por parte del público del patrimonio operístico de nuestro país, existente, y de qué manera, pese a todo y pese a tantos. En esa línea, a los medios de comuniación españoles les corresponde una buena cuota de responsabilidad en el acercamiento crítico y pormenorizado al género. Los operistas de nuestro país, los de ayer y también los de hoy, se hallan, pues, a la expectativa.



(Imagen 1: Retrato de Ruperto Chapí.)

(Imagen 2: Isaac Albéniz componiendo.)

(Imagen 3: Retrato de Felip Pedrell, en su juventud.)

Artículo publicado en el número correspondiente al mes de noviembre de 2007 de "La Gaceta Cultural de Rivas", en Rivas-Vaciamadrid.

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OBRAS DE ANTONIO DAGANZO:

SIENDO EN TI AIRE Y OSCURO
Editorial Slovento, Colección Poesía, Madrid, 2004.
Prólogo de Bernardino M. Hernando - Ilustraciones de Eugenia Ábalos y Jorge Canto.


QUE EN LIMPIDEZ SE ENCUENTRE
Ediciones Vitruvio, Colección "Baños del Carmen", n°117; Madrid, 2007.


MIENTRAS VIVA EL DOLIENTE
Ediciones Vitruvio, Colección "Baños del Carmen", nº 217; Madrid, 2010; 2ª edición, 2014; 3° edición, 2015.
En Ecuador: El Quirófano Ediciones, Guayaquil, 2014.
Libro recomendado por la Asociación de Editores de Poesía (España).
Finalista del Premio de la Asociación de Editores de Poesía 2010.


LLAMARSE POR ENCIMA DE LA NOCHE
Ril Editores, Colección Poesía, Santiago de Chile, 2012.
Texto de contraportada de Guido Eytel.
Con el patrocinio de la Facultad de Ingeniería, Ciencias y Administración de la Universidad de la Frontera, Temuco (Chile).
Mención de Honor "Luis de Góngora y Argote" de Poesía, concedida por el Instituto de Estudios de Literatura Contemporánea (España).


CLÁSICOS A CONTRATIEMPO (La música clásica en la era "pop-rock")
Ensayo divulgativo sobre música culta.
Ediciones Vitruvio, Madrid, 2014.
Ilustraciones de Eugenia Ábalos.


JUVENTUD TODAVÍA
Ediciones Vitruvio, Colección "Baños del Carmen", n° 527; Madrid, 2015.
Premio de la Crítica de Madrid 2015.
Premio "Sarmiento" de Poesía (Valladolid, 2017).


CARRIÓN
Ediciones Vitruvio, Colección de narrativa "De Jaque Libros", nº 4; Madrid, 2017.

Sinfonía de las palabras. Textos de Antonio Daganzo. Edición de Vicente Etxarte.

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