En su muy recomendable libro de divulgación Para entender la música, el compositor y crítico catalán Manuel Valls Gorina se hizo eco de la transformación experimentada en el seno del público receptor de música en general, y de la música culta en particular, habida cuenta de las revoluciones tecnológicas que han ido sucediéndose, a la velocidad del rayo, ante nuestros oídos atónitos. Dados los avances de la técnica en lo concerniente a la reproducción del sonido y, en consecuencia, de la música, en buena medida el público tradicional que acudía puntual y asiduamente a los conciertos, dejó escrito Valls, "se ha desintegrado en miles y miles de aficionados que, gracias a los discos, entran en conexión con la música cuando y donde les place, y están alerta de las novedades que se producen en el área de sus preferencias estéticas". Tanto es así que el verdadero melómano ha acabado convertido en discófilo avezado cuya ambición estriba en completar una fonoteca lo más amplia y variada posible para, en efecto, zafarse así de las naturales limitaciones a las que obligan tanto los programas de los auditorios y los teatros de ópera, en lo que al repertorio y su interpretación se refiere, como la misma celebración de los espectáculos, en lo relativo a los horarios, la ubicación de las salas y el precio de las localidades, a veces elevado en demasía.

Más allá de esta ventaja indudable, recorrer las innumerables regiones conquistadas por la moderna historia de las grabaciones musicales da al aficionado la oportunidad maravillosa de conocer la gran música en la recreación que de ella nos han propuesto sus mejores intérpretes contemporáneos, de manera que los hitos de la composición ven reforzado su carácter ejemplar con un elemento añadido que los convierte en únicos: la certeza de que al hito histórico ha de sumarse otro moderno vinculado a la interpretación. El ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven alcanza una cota todavía más alta en nuestra estima si se nos sirve en la edición discográfica de 1963 protagonizada por Karajan y la Filarmónica de Berlín; la magia de los cuatro cuadernos de la Suite Iberia de Albéniz se convierte en arrebatador delirio si son las manos del pianista Esteban Sánchez las que nos subyugan e hipnotizan. Los ejemplos que al respecto pueden proponerse son incontables, y fomentan, por otro lado, el siempre sano ejercicio –inagotable también- de la crítica comparada: según la propia sensibilidad, las propias inclinaciones, los discófilos acabarán mostrando sus preferencias por Furtwängler o Toscanini en el podio, por Rubinstein o Pollini al piano, o por el canto de Domingo o el de Kraus. Alternativas que, lejos de quedarse en acotado abanico, se abren cualitativamente aún más dependiendo del repertorio abordado por cada artista: Ashkenazy es la perfecta elección para descubrir el virtuosismo de Rachmaninov; sin embargo, quizá necesitemos a un pianista más sobrio en los conciertos de Mozart si queremos comprenderlos bien… Por no hablar de las sorpresas que uno puede encontrarse haciendo camino. ¿Cabría imaginar que el citado Arturo Toscanini firma una de las mejores interpretaciones en disco de las Variaciones Enigma de Elgar, obra que, en principio, hubiéramos creído ajena a sus desvelos? Pues así es. ¡Y qué decir de un maestro más moderno como Claudio Abbado! Hijas de batutas distintas parecen su suavidad extrema en las sinfonías de Schubert y, al mismo tiempo, su increíble violencia arrolladora en el universo eslavo de Mussorgsky o Prokofiev.
Tan fascinantes resultan todos estos tesoros fonográficos que el melómano corre el riesgo cierto de incurrir en una falta que no debería permitirse: perder el contacto directo con la música mediante la asistencia, más o menos constante, a conciertos sinfónicos o de cámara, a recitales instrumentales o líricos, y a representaciones de gran teatro musical. Pues, por mucho que los avances técnicos sean hoy capaces de reproducir el sonido con una calidad y una fidelidad extraordinaria, rayana en la perfección, nada puede igualar la dulce conmoción que se experimenta al escuchar música en vivo, al constatar de nuevo la singularidad de un arte radicalmente humano, bellísimo en la paradoja que establece entre fugacidad y eternidad; un arte que muere en cada nota para volver a nacer con más fuerza en la siguiente. Se trata, en fin, de que el melómano llegue también a ser un buen discófilo; no de que el discófilo, con afán de coleccionista recalcitrante, de filatélico de los sonidos, olvide las raíces emocionales de su afición. Si el corazón late fuerte y en su sitio, los discos, en su justa e inestimable tarea de asistencia al melómano, pueden proporcionar una inmensa sabiduría y un inmenso placer.
(Artículo publicado en el número correspondiente al mes de marzo de 2007 de "La Gaceta Cultural de Rivas", en Rivas-Vaciamadrid.)
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