lunes, 24 de octubre de 2011

Ciertas tardes...




Ciertas tardes
la consulta tranquila de los médicos.
Serenidad tan torpe,
qué importa el relato de una madre,
espinas en la boca.
Allí una vez el niño no fue niño,
pues lloró como adulto
de frustración ya vieja.
Entonces revolotearon batas blancas,
sorprendidas palomas imposibles.

viernes, 14 de octubre de 2011

¿Qué tal Mozart?

A finales del año 2005 tuve la suerte de que me fuera concedida desde Austria una Mención de Honor en el Concurso Internacional de Cuentos Xicóatl "Wolfgang Amadeus Mozart", organizado con motivo del 250º aniversario del nacimiento del genial compositor, efeméride que iba a celebrarse en 2006. La Asociación YAGE, en pro del arte, la ciencia y la cultura latinoamericanos, y con sede en Salzburgo, decidió otorgar dicha mención a mi breve relato titulado "¿Qué tal Mozart?", publicándolo, de manera bilingüe y ya en el citado año 2006, en el Magazín Cultural Latinoamericano Xicóatl "Estrella Errante", única publicación que, desde 1992, se edita en español y portugués con traducción completa al alemán, y que entonces tenía como director al ya tristemente fallecido Luis Alfredo Duarte Herrera. La traducción al alemán de "¿Qué tal Mozart?" fue obra de Ulrike Zomorrodian-Santner.

Reproduzco aquí la versión original del relato, en lengua castellana:





¿QUÉ TAL MOZART?


-¿Qué tal Mozart?

Y a aquello le seguía la sonrisita irónica y la palmada en la espalda. Era de rigor, y Leopoldo se desesperaba íntimamente, gesto amable adentro. ¡Qué tontería! Porque, siguiendo con el caso, ¿de qué recurso se valdrían para burlarse, por ejemplo, de un profesor de latín? ¿Le preguntarían acaso sobre la salud de Cicerón? “Desde hace más de dos mil años no ha sufrido cambio alguno”, hubiera podido responder el pobre hombre para salir airoso de tal brete. Él mismo, cierto día, acertó a escabullirse sirviéndose del humor:

-¿Qué tal Mozart?

-¿Quién…? ¿Mi hijo?

-¿Cómo?

-Sí, hombre, sí… ¿O no sabes que el padre de Wolfgang se llamaba Leopoldo?

¡Tuvo que explicar el chiste para ser comprendido cabalmente! Y no preguntaban por Mahler, por Scriabin o por Sibelius, no… Ni siquiera por Beethoven. Bien comprendía Leopoldo, sin embargo, que aquello no demostraba tanto ignorancia como pereza de pensamiento: Mozart, sencillamente, se hallaba más presente en la vida, en la cotidianeidad de sus compañeros al figurar alguna de sus melodías originales entre las opciones de sintonía o de llamada en sus celulares respectivos, o porque el archiconocido tiempo lento del “Concierto para piano y orquesta nº 21” se colaba de vez en vez como música de espera en la centralita de la redacción. Ni más ni menos.

-¿Qué tal Mozart?

Sonrisita y palmada. Indefectiblemente. Gesto amable de Leopoldo por respuesta. Ocasión hubo para las tentaciones, que entonces se desplegaban ante su voluntad cual enorme abanico: vinagre para el humor, bufido para el hartazgo, grito para la protesta, brazos como aspas de molino para el enojo… O sencillamente un arte cartográfico en el propio semblante acorde con la geografía de su alma. Pero Leopoldo, en aquellos momentos, siempre tendía a la contención: acertaba a hacerlo como si con ello se entregase a un ejercicio necesario, persuadido de que, en tal extremo, una oportuna longanimidad iba en provecho de su causa.

¡Su causa! ¡Con cuánta nitidez se le había dibujado en el espíritu desde que había pasado a formar parte del equipo del “magazine” matinal! Hasta entonces su labor como redactor de cultura, oscuro de cometidos y silencioso de trascendencias, no le había permitido más que introducir, en el diario hablado de la tarde, alguna osada nota sobre música culta; huelga decir que con el cuentagotas siempre a mano, y siempre con la excusa del concierto extraordinario al que las autoridades de turno asistirían, o del inminente recital de aquel tenor cuyo poderoso representante había decidido hermanar con las estrellas. Actividad gacetillera de baja estofa, a qué engañarse. Mas, ¡oh, Leopoldo, sorpresa! ¡Reestructuración del equipo del “magazine” matinal de la emisora cuando menos se esperaba! ¡Nombramiento como director de aquel veterano compañero de rostro bonachón que se divertía canturreando coros de ópera mientras tomaba café! Y, de pronto, el encargo:

-Leopoldo, tú que sabes, vas a poner una pincelada clásica todos los días a última hora, cerrando el programa para enlazar con las noticias. ¿Eh, muchacho?

-Gracias, gracias…

¡Qué ocasión fabulosa! El redactor de cultura tenía la oportunidad de convertirse en divulgador musical de lo excelente… Era cierto que la pincelada sonora no iba a durar más de tres minutos; por algo se empezaba, no obstante. Y Leopoldo se puso a ello con todo entusiasmo, escogiendo músicas hermosas, representativas de las distintas épocas, fundamentales para entender el estilo de cada compositor, incluso la evolución de su trayectoria creativa. Para íntima satisfacción suya, el reconocimiento de los oyentes a trabajo tan loable no tardó en producirse. Mas, ¡ay, los compañeros! ¡Los compañeros y su cerrazón enervante…!

-¿Qué tal Mozart?

Ahí seguían, sin moverse un ápice respecto a su primitiva posición, como si Leopoldo continuara desempeñando sus funciones de oscuro redactor cultural, sin capacidad de influencia y persuasión alguna, en vez de dedicarse, jornada tras jornada, poniendo en la tarea los cinco sentidos y parte de un sexto que aún trataba de definir exactamente, a intentar persuadirles –también a ellos; casi estaba dispuesto a confesarse que no tanto a los oyentes más reacios como principalmente a ellos, a sus tercos colegas- de la amplitud de miras, de la diligencia, pasión intelectual con la que por fuerza había que acercarse al universo sonoro que él divulgaba. Era Leopoldo muy consciente de lo extraordinariamente difícil que, por regla general, resultaba arrancar del público lego plenas “conversiones filarmónicas”, por llamarlas de algún modo; pero él tampoco aspiraba a tanto… Sólo quería, por ejemplo –modestísima ambición-, que sus compañeros, nada más verle aparecer en la emisora de radio, nada más cruzarse con él en los pasillos de la redacción, dejaran de abrumarle con la eterna pregunta:

-¿Qué tal Mozart?

¡Máxime en el día a la sazón en calendario, 27 de enero de 2006, fecha en que la cultura universal ya recordaba el 250º aniversario del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart! El “Finale” de la Sinfonía “Júpiter”, la prodigiosa fuga engastada en una forma plena de sonata, la genialidad última de la última sinfonía debida al gran genio, era la audición que Leopoldo había preparado para aquella mañana de celebración. ¡Oh, cómo se fundían los tres temas del movimiento merced a aquel fabuloso contrapunto! Hasta el extremo de que la materia musical acababa transformándose en mera energía sublimada, en una incesante corriente de lucha, superación y triunfo que, sin embargo, fluía ligera, con esa rara perfección que preside el acontecer de los sueños… Avenida abajo en dirección a la emisora, sin sentir frío alguno, caminando como por encima mismo de la mañana invernal, Leopoldo, el melómano Leopoldo, el acérrimo Leopoldo, soslayaba sin darse cuenta sinsabores muy pedestres, reproducía íntegramente para sí la partitura de Mozart en escritura al vuelo, en garabatos de aire, y soñaba despierto. Soñaba que aquella música excelsa le recibía a su inminente llegada a la emisora, sin que él hubiese tenido que elegirla; soñaba no con dos, tres, cuatro minutitos –insuficientes para advertir la grandeza del final de la Sinfonía “Júpiter”-, sino con dos, tres, cuatro horas de programa en directo reservadas a la divulgación de lo excelente en aquel día tan señalado, estando consagradas todas las labores de producción del “magazine” a tal tarea; y, sobre todo, soñaba con una amplitud de miras, con una pasión intelectual, con la figurada abolición de cierta pregunta que, por vulgar, recurrente y perezosa, como un rondó exasperante, hubiera resultado estúpida en una mañana como aquélla…

-¿Qué tal Mozart?

En su lugar, los compañeros le abordaban entonces para interesarse por mil sutiles asuntos, para confirmar otros tantos…

-¿Así, Leopoldo, que la hermana de Mozart se llamaba Marie Anne, “Nannerl”? ¿La hermana con la que salía de gira?

-¿Y qué edad dijiste que tenía cuando estrenó su primera ópera? Era un niño aún, ¿verdad?

-¿Cuántas sinfonías compuso? ¿Veintisiete? No, veintisiete eran los conciertos para piano…

-Contaste una vez algo acerca del comienzo de la “Sinfonía nº 40” que me agradó mucho; algo sobre fiebre romántica adelantada a su tiempo…

-¿Pero lo mató Salieri o no? ¿Y qué me dices de lo del “Réquiem”? Leopoldo, por favor, no nos tengas en ascuas…

-¡Tienes que volver a explicar lo del oído absoluto de Mozart, Leopoldo!

¡Qué conmovedora atención habían prestado a sus comentarios! ¡Qué secreto ardor anidaba ya en sus pechos por obra de un quehacer simple y cotidiano que iba dando sus frutos! Incluso uno de ellos, no sabía quién exactamente, quizá el que recordaba aún lo de la “Sinfonía 40” y la “fiebre romántica”, se había tomado la molestia de colocar en una de las insonorizadas paredes del estudio central un póster en el que se reproducía el más famoso de los retratos del compositor, aquél donde aparece con expresión idealizada, hermosa en su debilidad: de perfil, nariz rotunda aunque suave, brevemente aguileña, la cabeza inclinada ligeramente hacia abajo y la mirada de sus ojos saltones fija en un punto desconocido…


Nada de eso encontró Leopoldo a su llegada a la emisora; su sueño concluyó con el último acorde de aquella Sinfonía “Júpiter” que iba cantando para sí. No obstante, algo extraño acababa de suceder: en el pasillo que conducía a la redacción, angosto como siempre, aunque quizá un poco más luminoso que de costumbre, se había cruzado con dos de sus colegas más chistosos; dos colegas que, desde luego, no se habían interesado ni por las tormentosas relaciones del compositor con el arzobispado de su Salzburgo natal ni por otras cuestiones de igual o mayor detalle, pero que tampoco habían caído en la tentación supuestamente irresistible… Solo un visaje suavemente amistoso por saludo… ¿Silencio, pues? Para su sorpresa, el estribillo del rondó no había hecho aquella vez su aparición preceptiva. Y ya en la redacción, en puridad ya ante la misma puerta que daba acceso al estudio central de la emisora, alguien le habló a Leopoldo como nunca nadie lo había hecho allí:

-Con un aniversario tan redondo, hoy Mozart estará bien… ¿Eh, muchacho?

Únicamente el “¿eh, muchacho?” le resultó familiar. Pero Leopoldo no quiso girarse para corroborar su impresión; para encontrarse con el rostro bonachón de aquel director suyo, ya a medias filarmónico aunque jamás lo proclamase, ya melómano a ráfagas sin su ayuda, que canturreaba coros de ópera sin mucha convicción mientras tomaba café. Prefirió convencerse de la plenitud del logro a pesar de su modestia; prefirió creer que era un compañero anónimo, uno cualquiera de la redacción, el que le había hablado así. Y fue sobre aquel dulce engaño donde Leopoldo levantó, sin gesto de falsa cortesía, su réplica jubilosa:

-Sí, hoy Mozart está muy bien… recién nacido… ¡Mejor que nunca!

miércoles, 5 de octubre de 2011

El niño era la casa...

El niño era la casa,
la cama incluso a veces,
cuando veces de sol llenaban los cristales.
Si el espacio nocturno,
el reverbero imaginado de la luna,
ya se había extinguido en su conciencia,
el niño probaba a levantarse
y acudía a la ventana de la alcoba
para medir lo extraño,
el tráfago ajeno bajo la luz de los vivos.
El niño aún no sabía
del movimiento y su falacia,
de la vida más viva en tanto quieta;
del verdadero deslumbramiento de lo humano:
su sino de rescoldo.

LIBROS DE ANTONIO DAGANZO:

SIENDO EN TI AIRE Y OSCURO
Editorial Slovento, Colección Poesía, Madrid, 2004.
Prólogo de Bernardino M. Hernando - Ilustraciones de Eugenia Ábalos y Jorge Canto.


QUE EN LIMPIDEZ SE ENCUENTRE
Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen, n°117, Madrid, 2007.


MIENTRAS VIVA EL DOLIENTE
Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen, nº 217, Madrid, 2010; 2ª edición, 2014; 3° edición, 2015.
En Ecuador: El Quirófano Ediciones, Guayaquil, 2014.
Libro recomendado por la Asociación de Editores de Poesía (España).
Finalista del Premio de la Asociación de Editores de Poesía 2010.


LLAMARSE POR ENCIMA DE LA NOCHE
Ril Editores, Colección Poesía, Santiago de Chile, 2012.
Texto de contraportada de Guido Eytel.
Con el patrocinio de la Facultad de Ingeniería, Ciencias y Administración de la Universidad de la Frontera, Temuco (Chile).
Mención de Honor "Luis de Góngora y Argote" de Poesía, concedida por el Instituto de Estudios de Literatura Contemporánea (España).


CLÁSICOS A CONTRATIEMPO (La música clásica en la era "pop-rock")
Ensayo divulgativo sobre música culta.
Ediciones Vitruvio, Madrid, 2014.
Ilustraciones de Eugenia Ábalos.


JUVENTUD TODAVÍA
Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen, n° 527, Madrid, 2015.
Premio de la Crítica de Madrid 2015.

Sinfonía de las palabras. Textos de Antonio Daganzo. Edición de Vicente Etxarte.

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