sábado, 2 de enero de 2016

Las compartidas "Campanas" de Poe y Rachmaninov - "Afinando: escritos sobre música" ("El Ballet de las Palabras")


Los autores de la llamada "música clásica" no han permanecido ajenos a la estremecedora literatura del norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849). Grandes compositores incluso repararon en el legado genial de este romántico a ultranza, maldito de malditos, oscuro príncipe ensalzado por Charles Baudelaire; responsable de prodigiosas narraciones y turbadores poemas llenos de invención cruel y macabra, tristeza furibunda, dolorosa excentricidad y ese desatado infortunio capaz de pintar las mujeres más pavorosamente bellas que puedan imaginarse. El influjo de Poe, por medio de Baudelaire precisamente, se dejó sentir nada menos que en las respectivas creaciones de Claude Debussy y Maurice Ravel. Pero si hemos de hablar de la influencia textual más sostenida, cabal y perdurable en términos históricos, a través de una sola partitura plenamente lograda y hoy venturosamente recordada, deberemos poner ojos y oídos en una bendita rareza del repertorio internacional: la cantata para solistas, coro y orquesta Las campanas, op. 35, que el compositor ruso Sergei Rachmaninov (1873-1943) redactara a partir del poema homónimo, en cuatro partes, debido al escritor de Boston.

Podríamos decir que Rachmaninov sintió por la muerte una fascinación análoga a la de Poe. Cierto que el temperamento lírico de ambos era distinto, pues nada más lejano a las intenciones del ruso que recrearse en una visión morbosa, en un voltaje enfermizo de la vida; dicho de otro modo: la sed de luz en las obras de Rachmaninov se hace mucho más presente. Pero ¿cómo olvidar la recurrente aparición del característico tema del "Dies irae", de la Misa de Difuntos medieval, en algunas de sus partituras más difundidas? ¿Cómo olvidar que uno de sus trabajos orquestales más logrados -el mejor para algunos críticos- es el poema sinfónico titulado precisamente La isla de los muertos? Si a dicha fascinación fúnebre se suma, como oportunamente ha recordado el comentarista Geoffrey Norris, una inequívoca querencia, madurada ya en sus primeros años de vida, "por la sonoridad de las campanas de las iglesias y su capacidad para resonar en las mismas emociones de los seres humanos", toda la senda se encontraba perfectamente expedita para poder alcanzar los aludidos predios de Edgar Allan Poe.

Campanas de plata, campanas de oro, campanas de bronce, campanas de hierro: metales cuya diversa sonoridad otorgan la estructura cuatripartita al poema de Poe, que Rachmaninov no conocería hasta 1912, a través de una traducción bastante libre realizada al ruso por Konstantin Balmont. Plata del nacimiento y la edad primera, oro de los esponsales, bronce del pánico por la alarma de fuego, hierro del duelo y del funeral; y ese recorrido trazado por el poeta como símbolo en marcha, como trasunto de la vida humana -campanas evolutivas pero omnipresentes-, es recreado por el músico con su proverbial lógica constructiva y su peculiar eficacia lírica. Siempre tan generoso en los contrastes -Rachmaninov, uno de los mejores pianistas de la historia, llegó a conocer admirablemente todos los secretos del sinfonismo moderno-, la paleta orquestal del compositor ruso se pone al servicio de los versos con tal flexibilidad que el elemento vocal de la partitura -en planteamiento tímbrico global, orgánico- se beneficia igualmente de tan abierta visión. El tenor, en el primer movimiento -"Allegro ma non tanto"-, conducirá una sencilla, casi ingenua celebración de la vida, mientras que en el segundo -"Lento"- la efusividad de la soprano terminará acaparando las delicias de las nupcias, protagonizando por el camino algunos de esos irresistibles arranques melódicos tan típicos del músico de Semiónov. En sabia decisión, sin necesidad de recurrir a ninguna voz solista, el coro da vida estremecedora al terror colectivo del tercer movimiento, "Presto", para, finalmente, compartir desolación con la oscura voz del barítono en el cuarto segmento de la cantata: un "Lento lúgubre" extraordinario, dramático y patético, capaz, no obstante, de cerrar la obra toda en un clima de luminosa nostalgia. Estrenadas a finales del año 1913 en San Petersburgo, con el propio autor a la batuta, estas Campanas hacen plena justicia al original de Poe, desde una perspectiva enriquecedora de libre literalidad. Sergei Rachmaninov contaba a este su opus 35 entre sus mejores trabajos: no se equivocaba tan insigne creador; "el último gran romántico de la Historia de la Música", como lo definió Gustav Mahler.


Artículo publicado en el número 9 de la revista cultural digital "El Ballet de las Palabras" (diciembre de 2015).

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LIBROS DE ANTONIO DAGANZO:

SIENDO EN TI AIRE Y OSCURO
Editorial Slovento, Colección Poesía, Madrid, 2004.
Prólogo de Bernardino M. Hernando - Ilustraciones de Eugenia Ábalos y Jorge Canto.


QUE EN LIMPIDEZ SE ENCUENTRE
Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen, n°117, Madrid, 2007.


MIENTRAS VIVA EL DOLIENTE
Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen, nº 217, Madrid, 2010; 2ª edición, 2014; 3° edición, 2015.
En Ecuador: El Quirófano Ediciones, Guayaquil, 2014.
Libro recomendado por la Asociación de Editores de Poesía (España).
Finalista del Premio de la Asociación de Editores de Poesía 2010.


LLAMARSE POR ENCIMA DE LA NOCHE
Ril Editores, Colección Poesía, Santiago de Chile, 2012.
Texto de contraportada de Guido Eytel.
Con el patrocinio de la Facultad de Ingeniería, Ciencias y Administración de la Universidad de la Frontera, Temuco (Chile).
Mención de Honor "Luis de Góngora y Argote" de Poesía, concedida por el Instituto de Estudios de Literatura Contemporánea (España).


CLÁSICOS A CONTRATIEMPO (La música clásica en la era "pop-rock")
Ensayo divulgativo sobre música culta.
Ediciones Vitruvio, Madrid, 2014.
Ilustraciones de Eugenia Ábalos.


JUVENTUD TODAVÍA
Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen, n° 527, Madrid, 2015.
Premio de la Crítica de Madrid 2015.
Premio "Sarmiento" de Poesía (Valladolid, 2017).

Sinfonía de las palabras. Textos de Antonio Daganzo. Edición de Vicente Etxarte.

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