
"Todo roto.
Los pedazos del anochecer
son inquietos cachorros hambrientos
que mordisquean los cordones de los cometas.
Los trazos del entusiasmo,
sonrisas de labios huérfanos
que huyen de los discursos
ya recitados.
Desenlace.
Todo roto.
Todo dicho.
Las diez.
Amantes extraños
son sombras desnudas
en la hornacina del cielo violeta.
Son las diez de este junio cadavérico.
Voy de paso tras el pedazo roto
de mi aliento."
Este magnífico "Nocturno" resulta una perfecta muestra de la amargura, casi sin paliativos, que nutre y vertebra el segundo poemario, Rastros perdidos (Ediciones Vitruvio, Colección "Baños del Carmen", nº 264), de muy reciente aparición, debido al escritor y querido amigo José Luis Nieto Aranda (Madrid, 1962), cuya voz dolorosa y recia había brillado ya en 2008 merced a una primera obra muy notable, Un tiempo de adiós, publicada igualmente por Vitruvio.
"¿Qué tiene la vida para quererla?", leemos en el poema "Un sábado intrascendente", cuando ya, en otro anterior, e ingeniosamente titulado "Homeless", el sujeto lírico llegaba a afirmar que "la vida / es una proposición absurda / enunciada en este mundo / sin techo." Efectivamente, el absurdo de la vida ("…viajemos cargados / de absurdo / hacia otros nuevos laberintos") da fundamentalmente coherencia a esta muy buena obra dividida en cuatro partes –siendo las dos últimas mucho más breves que las dos primeras-, en una glosa orientada sin remisión hacia el pesimismo ("el recuerdo es una ilusión marchita", leemos en "Teorema", y en "Viaje al dorso del destino": "He vencido: la derrota es mía"). Pesimismo, no obstante, cuya gravedad se ve atenuada, en mi opinión, por una expresión bien fraguada en el noble hermetismo del misterio, de la verdad profunda que sólo alcanza a revelarse gracias a los intransferibles métodos de conocimiento propios del poeta y su trabajo lingüístico e imaginativo.
Además, ocasionales guiños a una ironía sobre existencia e incluso sentimientos –atención a la curiosa propuesta del poema "Cóctel"-, contribuyen a marcar en Rastros perdidos una distancia salvadora entre el solitario, condenado presente y el atroz destino de la desmemoria y la desaparición ("Ahora, / y no nunca, / será una edad para la calma"). Porque ya lo dejaba dicho José Luis al comienzo del libro, en el poema "Introito": "…aún quedarán todos aquellos días / en los que pude y podré / -a pesar de lo indefinido- / sentirme pronombre, adjetivo / o verbo. / Y ser. / Bastará con eso."
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